rápidamente los billetes y los metió en su mochila.
—¿Qué haces?
—Nada.
—¿Ese es el dinero de la bicicleta?
—Sí.
—Parece bastante.
—Don Ernesto me paga con billetes chicos.
Sonrió.
Demasiado rápido.
—Ya casi llego.
Otra vez esas 2 palabras.
Ya casi.
Aquella noche no insistí.
Pero por primera vez sentí que mi hijo no estaba protegiendo una sorpresa.
Estaba escondiendo algo.
3 semanas después llegó casi 2 horas tarde.
La puerta trasera se abrió poco antes de las 8.
Corrí hacia él.
Sus tenis estaban cubiertos de lodo.
La