seguía en la tienda.
Empecé a hacer cuentas.
Don Ernesto le pagaba aproximadamente 500 pesos cada sábado.
Mateo debía haber ahorrado suficiente desde hacía tiempo.
Pero traté de no entrometerme.
Quizá había cambiado de modelo.
Quizá estaba ahorrando para algo más caro.
Quizá quería sorprenderme.
Hasta que una noche pasé frente a su habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Mateo estaba sentado en el piso contando una gruesa pila de billetes.
Me detuve.
Había mucho más dinero del que esperaba.
—Mateo.
Levantó la cabeza.
Y vi miedo.
No sorpresa.
Miedo.
Juntó