Mi hijo de 13 años llevaba 6 meses lavando platos para comprarse una bicicleta. Una noche lo vi esconder un montón de dinero. Días después volvió cubierto de lodo y con la ropa rota. Entonces su jefe me llamó y preguntó: —Señora, ¿sabe qué hace Mateo con cada pago? Le dije que ahorraba para su bicicleta. Guardó silencio. —Entonces ya es hora de que sepa la verdad.

seguía en la tienda.

Empecé a hacer cuentas.

Don Ernesto le pagaba aproximadamente 500 pesos cada sábado.

Mateo debía haber ahorrado suficiente desde hacía tiempo.

Pero traté de no entrometerme.

Quizá había cambiado de modelo.

Quizá estaba ahorrando para algo más caro.

Quizá quería sorprenderme.

Hasta que una noche pasé frente a su habitación.

La puerta estaba entreabierta.

Mateo estaba sentado en el piso contando una gruesa pila de billetes.

Me detuve.

Había mucho más dinero del que esperaba.

—Mateo.

Levantó la cabeza.

Y vi miedo.

No sorpresa.

Miedo.

Juntó