el funeral, el abogado de Eleanor me citó en su despacho.
Me senté frente a él intentando parecer tranquilo.
Pero, por dentro, ya estaba haciendo cuentas.
La casa.
El dinero.
Una vida cómoda.
Por fin —pensé— iba a poder salir del hoyo en el que yo mismo me había metido.
El abogado abrió el testamento.