Mi madre me dejó sola en el aeropuerto y llamó a mi padre “ausente”… treinta minutos después, todo cambió

a sus vuelos. Todo parecía normal, salvo que yo acababa de entender que mi madre se iba de vacaciones sin mí.

A su lado estaba Ricardo Salazar, su esposo desde hacía ocho meses. Junto a él iban sus dos hijos, los chicos rubios a quienes Valeria insistía en que llamara mis “hermanitos”. Ellos ni siquiera fingían que les importaba que yo me quedara atrás.

—¿Y tú? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

Valeria señaló el pasaje que me había dado. Era un vuelo barato a Monterrey, con una escala larguísima