de sus disculpas.
Una tarde, mientras guardaba mis cuadernos en mi nueva habitación, encontré el viejo pasaje que mi madre me había puesto en la mano. Iba a tirarlo, pero no lo hice.
Lo guardé en una caja.
No como recuerdo de que fui abandonada, sino como prueba de que ese día elegí hacer una llamada que me daba miedo.
Mi madre creyó que me dejaba sola en un aeropuerto.
Pero, sin quererlo, me devolvió a un padre que también tenía que aprender a elegirme.
Y yo, por fin, empecé