en Querétaro sentí que algo estaba mal.
Normalmente, Valentina escuchaba mi coche desde la esquina.
Antes de que pudiera meter la llave, ya estaba detrás de la puerta esperando para lanzarse a mis brazos.
Ese día no hubo pasos corriendo.
No hubo gritos de:
—¡Papá!
No hubo dibujos nuevos pegados en el refrigerador.
Solo silencio.
—¿Vale?
Nada.
Entonces escuché su voz desde el pasillo.
—Papá…
Me giré.
Valentina estaba medio escondida detrás de la puerta de su habitación.
Traía una pijama azul con estrellas aunque todavía no eran ni las