6 de la tarde.
Tenía los hombros rígidos.
Los ojos clavados en el piso.
Y cuando levantó la mirada, sentí un golpe en el pecho.
Parecía asustada de verme.
—¿Qué pasó, corazón?
Dejé la maleta y caminé hacia ella.
Valentina retrocedió.
Me detuve inmediatamente.
—Soy yo.
Me arrodillé a unos pasos.
—No voy a acercarme si no quieres. Solo dime qué pasa.
Sus dedos apretaron la orilla de su camiseta.
—Prométeme que no vas a gritar.
—Te lo prometo.
—Y que no te vas a enojar conmigo.
Algo dentro de