Me senté en los escalones con 2 vasos de limonada.
El sol empezaba a bajar.
Valentina llevaba meses sin moretones.
Pero aquella no era la diferencia más importante.
Ya no pedía permiso para reír.
Ya no preguntaba si alguien se iba a enojar porque había derramado agua.
Ya no se disculpaba cuando dejaba un juguete fuera de lugar.
Una noche incluso rompió accidentalmente un vaso.
El ruido me hizo correr hacia la cocina.
La encontré paralizada.
Mirando los pedazos de vidrio.
—Papá…
Sus ojos se llenaron de miedo.
—Fue sin