—Papá… me duele la espalda. Mamá dijo que no te contara. Acababa de volver de un viaje cuando mi hija de 8 años me reveló por qué le tenía tanto miedo a su madre.kara

querer.

Me agaché.

—No te muevas. Puedes cortarte.

Tomé una escoba.

Ella me observó durante unos segundos.

—¿No estás enojado?

—Es un vaso, Vale.

—Pero lo rompí.

—Entonces compraremos otro.

Su rostro cambió.

Parecía que acababa de descubrir una regla nueva del universo.

Un vaso podía romperse sin que una niña tuviera que pagar por ello con miedo.

Aquella noche lloré después de que se durmió.

No por el vaso.

Por todas las veces anteriores en que quizá había roto algo y yo no había estado allí.

Durante mucho tiempo