estás.
Colgué.
Luego llamé a mi madre.
—¿Puedes quedarte con las niñas el sábado?
—Sí.
—Gracias.
—Y ponte el vestido azul.
El sábado llegué cuando todos ya estaban sentados.
Había familiares.
Amigos.
Dos socios de Mauricio.
Su madre sonrió al verme.
Mauricio también.
Interpretó mi presencia como una rendición.
Me ofreció la silla junto a él.
Elegí una al otro extremo.
Durante media hora hablamos de cosas insignificantes.
Escuelas.
Negocios.
Vacaciones.
Después Mauricio levantó su copa.
—Ha sido un año difícil para Mariana y para mí.
Todas las conversaciones se