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Los fines de semana reparaba casas.
Cuando las facturas médicas se volvieron demasiado grandes, vendí nuestra casa.
Después vendí mi coche.
Nos mudamos a un pequeño apartamento alquilado donde las sillas de ruedas apenas cabían
por el pasillo.
Pero aquello no fue lo más difícil.
Lo más difícil llegó el día en que uno de los médicos me habló de una terapia especial que quizá algún día podría darles a mis hijas la oportunidad de ponerse de pie.
Era muy cara.