Usó el desfibrilador.
Siguió trabajando sobre el hombre que lo había llamado basura durante años hasta conseguir que su corazón volviera a latir.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Acababas de tener a Renata. No quería que una emergencia de ellos se convirtiera en otra forma de entrar en nuestra casa.
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—¿Papá te reconoció?
Santiago tardó en responder.
—Sí.
—¿Qué dijo?
Bajó la mirada.
—Dijo mi apellido.
15 años negándose incluso a pronunciarlo.
Y cuando creyó que iba a morir, miró al hombre que estaba