había sobrevivido después de que me echaron de casa a los 19 años por negarme a dejar a Santiago Salgado.
Mi padre lo llamaba muerto de hambre.
Decía que la hija de Eduardo Mendoza jamás se casaría con el hijo de un mecánico.
Aquella noche lanzó mi ropa y mis libros de enfermería al jardín.
Mi madre observó desde las escaleras.
No bajó.
No me defendió.
Santiago me encontró 20 minutos después empapada junto a mis cosas.
Se quitó la chamarra, me la puso sobre los hombros y dijo:
—Vamos