Por hacerte creer que nuestro amor dependía de que obedecieras.
Aquello dolió más que todo lo anterior.
Porque finalmente había entendido.
La puerta se abrió.
Santiago salió cargando a Renata.
Mi padre lo miró.
—Capitán Salgado.
Santiago levantó una ceja.
—Gracias por salvarme.
Santiago acomodó a nuestra hija.
—No lo hice por usted.
Mi padre parpadeó.
—Lo hice porque ese es mi trabajo y porque esa es la clase de hombre que decidí ser.
Mi padre asintió.
Antes de marcharse preguntó si algún día podría conocer a Renata.
—Quizá.
Su