año hablando de su nieta, era la primera vez que lo preguntaba.
Besé el cabello de mi hija.
—Renata Elena Salgado.
Mi madre cerró los ojos.
—¿Elena?
—Por la abuela.
Las lágrimas corrieron por su rostro.
Esta vez le creí.
Santiago apareció en la puerta y cargó a nuestra hija.
Mi madre contempló a los 3.
15 años antes, mi padre había arrojado mi maleta al jardín y me había gritado:
—Si tanto quieres ser una Salgado, vete con ellos.
Pensó que estaba dictando un castigo.
Nunca imaginó que, sin