volviste a elegir mal cada día que seguiste mintiendo. ¿Te dieron algo? ¿Algún recuerdo?
Silencio. Luego subió la escalera y bajó con un sobre pequeño. Adentro había una tarjeta con dos huellitas diminutas y una pulserita de hospital con su nombre: Emilia.
—La miro todas las noches —confesó.
Toqué una huella con la punta del dedo. Talones chiquitos. Deditos chiquitos.
—Hola, mi niña —dije—. Estuviste aquí. Exististe.
Decirle la verdad a Tomás
Esa noche le pedí a Gustavo que durmiera en el sillón. No sabía todavía cómo perdonarlo. Pero sí