Lloraba a mi bebé tras el parto, hasta que mi hijo de 7 años me susurró: “Mamá, no se fue. Vi lo que hizo papá”

mi lado, con las dos manos sobre las mías y los ojos hinchados.

—¿Emilia? —pregunté.

Él apretó los labios.

—Lo siento, Caro.

Grité hasta que la herida de la cesárea me dolió tanto que tuvieron que ayudarme a respirar. Emilia no había sobrevivido. Yo sí.

Las dos semanas siguientes casi no salí de la cama. Gustavo limpiaba cosas que ya estaban limpias. Mi mamá se ocupaba de la ropa, la comida y de Tomás. Mi hijo se volvió callado, y yo pensé que era su forma de llorar a su