de que hagas una estupidez.”
Alejandro sintió una mezcla de rabia y confusión.
Marcó.
Patricia contestó inmediatamente.
—¿Dónde estás?
—En la oficina.
—No firmes nada. No llames a Roberto. Y, por favor, escúchame antes de juzgarme.
—Tu nombre aparece en una empresa que recibió rentas de mis inquilinos.
Silencio.
—Lo sé.
Alejandro apretó el teléfono.
—¿Desde cuándo?
—Alejandro…
—¿Desde cuándo?
—Casi un año.
Sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Roberto y tú están robando dinero?
—No.
—Entonces explícame qué demonios está pasando.
—No puedo hacerlo por teléfono.
—Pues