fuerzas para romperla.
Tenía treinta y cuatro años, la espalda adolorida, las manos agrietadas por trabajar la tierra y suficientes deudas para perder el sueño durante años.
Su madre, doña Teresa, había muerto dos meses antes.
Mauricio había esperado apenas unas semanas para irse.
Y ahora Emilia estaba sola.
Aquella mañana estaba quitando maleza alrededor de los rosales de su madre cuando una sombra cayó sobre la tierra húmeda.
Levantó la vista.
Un hombre de unos cuarenta y tantos años estaba frente a la reja con dos maletas.
Era alto,