de cabello oscuro salpicado de canas y llevaba una chamarra cubierta de polvo del camino.
Emilia sostuvo la azada con ambas manos.
—¿Busca a alguien?
El desconocido tragó saliva.
—A usted.
—¿Quién es?
—Me llamo Rafael Salgado.
Ella no reconoció el nombre.
Entonces él miró el jardín, después el vientre de Emilia y dijo algo que la hizo apretar todavía más el mango de la azada.
—Sé que va a sonar absurdo… pero necesito preguntarle si puedo quedarme.
—¿Quedarse dónde?
—Aquí. Cerca. El tiempo que usted me permita.
Emilia retrocedió.
—