a la entrada.
Después apareció leña seca.
Luego alguien cambió dos láminas del techo que goteaban sobre la habitación del bebé.
Emilia supo inmediatamente quién era.
Cuando lo sorprendió una mañana reparando la cerca del terreno vecino para evitar que unas cabras siguieran metiéndose a sus flores, explotó.
—¡Ya basta!
Rafael dejó las herramientas.
—Emilia…
Ella se quedó helada.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Él bajó la mirada.
—Porque no llegué aquí por casualidad.
—Entonces dígame qué quiere.
—Nada.
—Nadie hace todo esto por nada.
Rafael permaneció callado unos segundos.
—No