cada papel que yo había guardado.
Y en aquello que ellos habían olvidado.
Mi firma.
David intentó después presentar su propia versión.
Dijo que todo había sido necesario.
Dijo que yo exageraba.
Dijo que Daniela había actuado por miedo.
Luego dijo que, de cualquier manera, la casa ya no debía importarme tanto porque yo era mayor y podía vivir en otro lugar.
No discutí.
Le pregunté una cosa.
—¿Dónde está el documento original que supuestamente firmé?
No contestó.
Volví a preguntar.
—El original, David. No la copia.
Esta vez miró