podía renunciar al matrimonio y marcharse, y aun así las deudas de su familia quedarían pagadas.
—Las demás se enteraron antes de la ceremonia —dijo Gael—. Y aun así exigieron casas adicionales, coches y dinero para ellas mismas. Tú fuiste la única que no pidió nada.
Alondra se sentó lentamente en el sillón.
Pero una pregunta seguía atormentándola.
—¿Por qué precisamente mi familia?
La sonrisa desapareció del rostro de Gael. Se acercó a la chimenea y sacó una vieja fotografía del bolsillo interior. En ella aparecían dos hombres jóvenes.
Uno