había convencido de que no valía la pena.
Dije que sí.
Cuando él vino a buscar sus últimas cosas, me miró en la cocina donde criamos a nuestros hijos.
—Estás distinta.
—Lo estoy. No me dejaste esa noche, Gustavo. Te fuiste meses antes. Esa noche solo fue la primera vez que fuiste honesto.
El lunes siguiente, sobre mi escritorio nuevo, había una plaquita de plástico barata que Paola me regaló de broma: “FELICITACIONES POR TU ASCENSO”.