ofreció una silla, puso una caja de pañuelos sobre la mesa y dijo:
—Cuénteme qué ocurrió, desde el principio. Sin minimizar nada.
Eso fue lo más difícil.
No hablar de la bofetada.
Hablar de todo lo que la había hecho posible.
Le conté cómo Arturo murió y cómo Mauricio llegó con Verónica y los niños diciendo que solo necesitaban tiempo. Le hablé de las cuentas que empecé a pagar “por mientras”, de mi contraseña bancaria, de la manera en que mis opiniones se volvieron molestias dentro de mi propia casa.