casa. No hay explicación que lo justifique.
Mi garganta ardió.
—No.
—Quiero arreglarlo.
—Entonces devuelve lo que tomaste. Hazte responsable. Aprende a cuidar de tus hijos sin usar a tu madre como cuenta bancaria. Y no me pidas que olvide para que tú te sientas mejor.
Asintió.
—Lo haré.
No le dije que lo perdonaba.
Porque aún no podía.
Pero tampoco cerré la puerta para siempre.
Sofía y Mateo volvieron a visitarme cuando el acuerdo legal lo permitió. Nunca hablé mal de sus padres frente a ellos. No quería que