Ciento veinte.
—Entonces…
Camila me señaló.
—Ni una palabra.
Sofie dijo:
—Yo ahorro.
Yo asentí.
—Bien.
—¿Puedes prestar?
Camila abrió los ojos.
—Sofie.
La niña se encogió de hombros.
—Aprendí de la casa.
Tuve que reír.
—Podemos negociar.
Camila me lanzó una servilleta.
Cuando finalmente le pedí matrimonio a Camila, Sofie tenía ocho.
No llevé anillo caro.
Error evitado.
Elegí algo sencillo.
La propuesta fue en su apartamento.
El mismo que casi perdieron.
El frasco viejo seguía sobre la repisa.
—Antes de que diga nada —dijo Camila—, no quiero mudarme