a su mansión.
—No tengo mansión.
—Tiene tres casas.
—Detalles.
—No cambio trabajo.
—Bien.
—Sofie decide qué apellido usa.
—Bien.
—No quiero seguridad siguiéndome al supermercado.
—Negociable.
Me miró.
—Vincent.
—Bien.
Pausa.
—¿Puedo preguntar ahora?
—Sí.
—¿Quieres casarte conmigo?
Camila sonrió.
—Sí.
Sofie gritó desde el pasillo:
—¡Yo ya sabía!
—Estabas escuchando.
—La puerta estaba abierta.
—No.
—Un poco.
Años después, alguien escribió una versión de nuestra historia.
Decía:
“Una niña pidió a un mafioso que le comprara una casa, y él cambió su vida.”
Camila odió el titular.
—Parece