Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

la cama.

—Sí.

—Andrés, eso no es higiénico.

—Ella lo necesitaba.

—Mi hija está muy débil.

—Lo sé.

Teresa me miró durante varios segundos.

—¿De verdad estás de acuerdo con tener al perro encima de ella?

No contesté inmediatamente.

Y aquella pausa fue suficiente.

Su mirada cambió.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Andrés.

Bajé la cabeza.

—Anoche Mariana me pidió que la abrazara y… no pude hacerlo al principio.

Teresa palideció.

—¿Por qué?

No quería decirlo.

Pero estaba agotado de esconderlo.

—Por el olor.

Teresa me miró como si acabara de golpearla.

—¿