seguía allí.
Mi cuerpo se tensó.
No me aparté.
—Lo prometo.
Después de medianoche su respiración comenzó a cambiar.
Quienes han cuidado durante mucho tiempo a una persona muy enferma aprenden a reconocer pequeños cambios.
Las pausas eran más largas.
Cada respiración parecía costarle más trabajo que la anterior.
—Mariana.
No respondió.
Bruno levantó la cabeza.
Me acerqué a ella.
Una respiración.
Una pausa.
Otra respiración.
Otra pausa mucho más larga.
Le agarré la mano.
Estaba fría.
Supe que podía estar acercándose el momento que llevábamos meses temiendo.
Bruno, con