Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

un esfuerzo enorme, consiguió subir completamente a la cama.

Se pegó al costado de Mariana.

Apoyó la enorme cabeza junto a su hombro.

Yo me acosté detrás de ella.

La rodeé con los brazos.

Entonces el olor me golpeó de nuevo.

Esta vez con una fuerza terrible.

Mi garganta reaccionó.

Sentí una arcada.

Durante un segundo mi cuerpo volvió a

gritarme que me apartara.

Entonces los dedos de Mariana se movieron.

Muy poco.

Encontraron mi mano.

La apretaron débilmente.

Fue suficiente.

Tragué saliva.

Respiré lentamente.

Y me quedé.

—Estoy aquí.