Miré aquellas palabras.
Eran bonitas.
Pero también estaban empezando a transformar a Mariana en algo que nunca había sido.
Una historia limpia.
Una lección sencilla.
Recordé su petición.
“Promételo.”
Guardé el teléfono.
Miré a Bruno.
Su pecho subía y bajaba despacio.
También él estaba acercándose al final de su vida.
Pasé un brazo alrededor de sus enormes hombros.
Hundí el rostro en su pelo áspero.
Olía a perro viejo, a nuestra casa y a todos los años que habíamos vivido juntos.
Entonces comprendí algo que jamás habría entendido cuando Mariana