Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

unos minutos, negué con la cabeza.

—Déjenlo.

Nadie discutió.

Más tarde, cuando la casa quedó vacía, salí al porche.

Me senté en el mismo escalón donde tantas noches había tratado de reunir fuerzas antes de volver a entrar.

Bruno se tumbó junto a mí.

Miraba fijamente la entrada, como si Mariana pudiera regresar en cualquier momento.

Mi teléfono volvió a llenarse de mensajes.

Los vecinos escribían frases sobre Mariana.

Que había sido una mujer maravillosa.

Que había que valorar la vida.

Que había que abrazar más a las personas queridas.