esposo que ponía medicamentos, cambiaba sábanas, ayudaba a Mariana a llegar al baño y se despertaba cada pocas horas durante la noche.
No veían al hombre que algunas veces tenía que contener las arcadas cuando se acercaba demasiado.
Aquella noche Mariana no quería medicinas.
No quería agua.
No quería otra almohada.
Quería a su marido.
—Solo abrázame —repitió.
Me acerqué.
Vi los moretones en sus brazos.
Sus clavículas sobresalían bajo la piel.
Su rostro estaba tan delgado que sus ojos parecían demasiado grandes.
Entonces me llegó aquel olor.
Mi cuerpo