Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

familia.

Los vecinos me llevaban comida.

Una señora dejaba guisos junto a la puerta.

Otro vecino compraba algunas cosas del mercado cuando yo no podía salir.

Todos me decían lo

mismo.

—Andrés, eres increíble.

—No sé cómo puedes con todo.

—Mariana tiene mucha suerte de tenerte.

Su madre, Teresa, incluso me había apretado el hombro unos días antes.

—Tú eres lo que la mantiene luchando.

Yo sonreía.

Daba las gracias.

Y después entraba al baño, cerraba la puerta y me miraba al espejo con vergüenza.

Porque ellos veían a un