contra la pared del pasillo.
Quería desaparecer.
Había momentos en los que incluso deseaba que todo terminara.
No porque quisiera perderla.
Sino porque estaba cansado de verla sufrir y aterrorizado de que los últimos recuerdos de nuestra vida fueran hospitales, heridas, olores y miedo.
Entonces escuché unas uñas sobre el piso.
Tac.
Tac.
Tac.
Bruno apareció desde la sala.
Caminaba
despacio, pero aquella vez avanzaba con una decisión extraña.
Fue directo hacia la habitación.
—No, Bruno.
Intenté agarrarlo suavemente del collar.
—Déjala descansar.
El perro siguió avanzando.
—Ahí dentro huele