Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

fuerte, compañero.

Hasta decirlo me hizo sentir miserable.

Pensé que Bruno lo percibiría mucho peor que yo.

Si mi nariz apenas soportaba aquel olor, ¿qué sentiría un perro?

Pero Bruno se soltó.

Entró al dormitorio.

Yo me quedé en la puerta.

Mariana seguía mirando hacia la pared.

Bruno caminó hasta la cama.

No retrocedió.

No dudó.

No mostró rechazo.

Levantó su enorme cabeza gris y la apoyó junto a la mano de Mariana.

Después la empujó suavemente con el hocico.

Mariana se giró.

—Bruno…

El perro levantó las patas delanteras