ojos.
Sentí que la rabia regresaba.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—Tu hijo pasó ocho años preguntándome por qué no tenía padre.
Daniel no respondió.
—No utilices a Richard como excusa para todo —continué—. Quizá tuvieras miedo. Quizá estuvieras en peligro. Pero durante ocho años podrías haber encontrado alguna manera de decirnos que estabas vivo.
—Lo sé.
—No, Daniel. Tú no sabes lo que fue verlo esperar una llamada cada cumpleaños.
Escuché cómo respiraba al otro lado.
—No quiero que me perdones, Elena.
—Bien.
—Solo