Que se había marchado.
Que había tenido miedo.
Y que ninguna de esas razones borraba los años en los que no estuvo presente.
—¿Tengo que quererlo? —preguntó Caleb.
—No.
—¿Tengo que perdonarlo?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué tengo que hacer?
Le acaricié el cabello.
—Nada. Puedes conocerlo si quieres. Y después decidir cómo te sientes.
Caleb permaneció pensando.
Finalmente preguntó:
—¿Arthur seguirá siendo mi amigo?
Sonreí.
—Siempre que él pueda.
Caleb miró hacia la casa.
Arthur estaba sentado junto a la ventana observándonos.
—Entonces quiero hablar con mi padre.
Daniel entró en