ropa sucia y lo dejó caer junto al recipiente de Margaret.
—Lava también la mía —ordenó con voz firme.
La anciana levantó la vista, respiró hondo y respondió con calma:
—Lo siento, apenas tengo fuerzas para terminar la que me corresponde. Tendrás que ocuparte de la tuya.
El patio entero quedó en un silencio absoluto. Todas sabían que aquella respuesta tendría consecuencias.
El rostro de Vanessa se endureció de inmediato. Sin pensarlo dos veces, agarró a Margaret del cabello y le hundió la cabeza en el agua turbia llena de