senté frente a ella.
—Caleb no murió para que tú vivieras.
Lucía me miró.
—Murió por una enfermedad que ninguno de nosotros pudo detener. Lo que hizo fue decidir que, si llegaba ese momento, algo bueno podía continuar después.
Ella comenzó a llorar todavía más.
—Cada vez que siento el corazón latir pienso que debería ser él quien estuviera aquí.
Entonces comprendí exactamente lo que Caleb había previsto.
Saqué la carta de mi bolso.
—Mi hijo sabía que dirías eso.
Lucía abrió los ojos.
Le leí algunas de sus palabras.