de perder a mi marido, mi hijo se había convertido en el centro de todo.
Y ahora mi casa estaba vacía.
Mi coche ya no estaba porque lo había vendido.
Mis ahorros casi habían desaparecido.
Y cada mañana despertaba sin saber para qué levantarme.
Lucía tomó la carta y siguió leyendo en voz alta.
“Así que mi último deseo no es solamente para Lucía.”
“Es para las dos.”
“Lucía, vive sin sentir culpa.”
“Mamá, vive sin sentir que me estás abandonando.”
“Y si algún día podéis ayudaros mutuamente, hacedlo.”
Lucía