Y comprendí que ese era precisamente el final que mi hijo habría querido.
No una madre atrapada en el pasado.
No una joven viviendo con culpa.
Sino dos familias que habían aprendido a transformar una pérdida imposible en algo capaz de ayudar a otros.
Antes de despedirnos, Lucía me preguntó:
—¿Crees que Caleb estaría orgulloso?
Miré hacia la ventana. Afuera brillaba el sol.
—Creo que estaría feliz de que ya no necesitemos preguntárnoslo.
Lucía sonrió.
Después salió del hospital y caminó hacia su propia vida.
Yo hice lo mismo.
Porque