del hospital.
Me senté en el último banco.
Saqué del bolso la carta original de Caleb. La había leído tantas veces que los pliegues comenzaban a desgastarse.
Pasé los dedos por aquellas primeras palabras:
“Mamá, hay algo que necesitas saber sobre ella.”
Sonreí.
—Ahora lo sé todo, hijo.
Guardé la carta.
Cuando salí, Lucía me esperaba en el pasillo.
Se acercó y me abrazó.
Por un instante sentí los latidos de aquel corazón.
Fuertes.
Tranquilos.
Vivos.
Pero ya no pensé: “Ahí está el corazón de Caleb.”
Pensé:
“Ahí está Lucía.”