espacio.
Dos días después, Noah volvió a llamar.
Esta vez no pidió hablar con Ethan.
Preguntó por mí.
Me quedé sorprendida.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que solo usted puede entender.
Le dije que hablara.
—La noche que Ethan llegó a su casa…
Esperé.
—Yo estaba allí.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Dónde?
—En el automóvil.
—¿El automóvil negro?
—Sí.
No pude hablar.
—Mark me había enviado para seguirlo.
—¿Por qué?
—Porque quería saber dónde iría.
—¿Y por qué no lo detuviste?
Noah respiró.
—Porque cuando