policiales detrás.
El lugar parecía muerto.
Ventanas rotas.
Paredes cubiertas de humedad.
Puertas oxidadas.
Ethan entró con los agentes.
Daniel y yo esperamos afuera.
Pasaron diez minutos.
Quince.
Veinte.
Entonces escuchamos un estruendo.
Después gritos.
Los agentes corrieron.
Daniel quiso entrar.
Lo sujeté.
—Espera.
—Es mi hijo.
—Hay policías dentro.
—Elena…
—No puedes ayudarlo si te disparan.
Se detuvo.
Cinco minutos después, sacaron a un hombre esposado.
Era Mark.
Había envejecido.
Pero reconocí el rostro inmediatamente.
Detrás de él apareció Noah.
Y luego Ethan.
No tenía ninguna herida.
Solo una