El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

rio.

—Te lo mereces.

—¿Qué cosa?

—Que la gente sepa.

—¿Saber qué?

—Que hace cuarenta años abriste una puerta.

Sonreí.

—Fueron veinte.

—Ahora parecen cuarenta.

—No me hagas sentir vieja.

—Nunca.

Hubo un silencio.

Luego dijo:

—Mamá.

Me quedé quieta.

Todavía me sorprendía.

Aunque habían pasado décadas.

—¿Sí?

—Gracias.

—De nada.

—No solo por aquella noche.

—Lo sé.

—Por todo.

Cerré los ojos.

—Siempre.

Y colgamos.

Un año después, recibí una llamada de Laura.

No estaba llorando.

No estaba enojada.

Su voz era tranquila.

—¿Puedo visitarte?

—Sí.

Llegó una hora