hacia la cocina.
Ethan acababa de entrar.
Ya tenía más de cuarenta años.
Seguía siendo más alto que Daniel.
Seguía abriendo la nevera sin preguntar.
Y seguía diciendo exactamente lo mismo:
—¿Qué hay de comer?
Yo sonreí.
—Lo que quieras.
Él abrió los brazos.
—Ven aquí.
Lo abracé.
Y por un instante volví a ver al muchacho empapado que había llegado veinte años atrás.
Solo que ahora ya no había miedo en sus ojos.
Había hogar.
Y entonces comprendí algo que me acompañará hasta el último día de mi vida.