El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

vio al chico, se quedó paralizado.

—¡Ethan! ¿Qué haces aquí?

Vi cómo el rostro del adolescente perdía todavía más color.

Lo fulminé con la mirada.

—Daniel, es la casa de su padre. ¿Dónde se supone que debería estar?

Mi esposo comprendió inmediatamente su error.

—No quise decir eso. Solo… ¿cómo llegaste? Está lloviendo muchísimo.

Ethan se limitó a bajar la mirada.

Su ropa estaba pegada al cuerpo.

No traía maleta.

Solo una mochila vieja.

—Primero una ducha caliente —ordené—. Después hablamos.

Mientras Daniel lo acompañaba al baño, busqué un pantalón