El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

me sorprendió.

—¿La mejor parte?

—No pasaste noches despierta cuando era bebé. No cambiaste pañales. No estuviste allí cuando se enfermaba de pequeño.

Era verdad.

—No —respondí—. No estuve.

Ella se quedó en silencio, quizá esperando que me defendiera.

—Tú viviste años de su infancia que yo jamás conoceré. Eres su madre. Eso nunca te lo he discutido.

—Entonces devuélvele la casa.

Cerré los ojos.

—Eso no tiene relación.

—Claro que la tiene.

—¿Quieres que la devuelva para que él te la compre a ti?

Silencio.

Había sido demasiado directa.